LA CULTURA DEL ENCUENTRO
En mi pueblo no hay una plaza como tal.
De niños nos reuníamos en las escaleras de Dulia. Los que buscaban sombra se sentaban enfrente, en el alféizar de la antigua cantina, donde alguna vez vivió mi padre y que hoy es nuestro salón-biblioteca.
Las escaleras no llevaban a ningún sitio. Unos peldaños de subida, los mismos de bajada.
Parecían pensadas para que nosotros las ocupáramos, como si el arquitecto hubiese entendido que la infancia necesita límites pequeños, bordes toscos y un cierto peligro sin testigos.
En realidad solo cumplían su función: dar acceso a una vivienda elevada sobre la carretera. Eran descuidadas, rudas, algo torcidas. El cemento raspaba la piel, las esquinas amenazaban cualquier tobillo y el desnivel se agravaba cada vez que asfaltaban la vía.
Pero así son los pueblos: crudos, reales.
Por mucho que nos reuniéramos allí, esas escaleras jamás pudieron sustituir lo que hace una plaza.
La plaza articula una forma de vida.
Las plazas del pueblo son otra cosa: te vinculan a quienes te rodean sin necesidad de preguntar.
Transmiten tradiciones, validan comportamientos, corrigen excesos, enseñan a esperar y a mirar. Son lugares donde entiendes, incluso sin palabras, que primero observas y después opinas.
En las plazas se forma la pertenencia. La identidad colectiva se aprende ahí, no en los libros ni en las leyes. No necesitas conocer a nadie para sentirte parte: basta con presentarte y aceptar sus códigos tácitos.
Las ciudades deshacen ese pacto silencioso. Sus plazas no buscan unificar. Su papel se delega a la arquitectura dotacional: museos, teatros, gimnasios, auditorios, bibliotecas. Lugares donde personas distintas coexisten por un fin común, aunque jamás interactúen. Una coreografía amable de vidas paralelas: cada una entra, cumple su propósito y se marcha.
La plaza te enseña quiénes somos. La dotación te permite ser quien eres.
DE LA PLAZA A LA ORGANIZACIÓN
Las organizaciones repiten esta confusión continuamente. Construyen escaleras y las llaman plazas. Diseñan dotaciones y las presentan como cultura.
Una escalera reúne gente. Una plaza crea comunidad.
La mayoría de empresas creen que la convivencia es suficiente. Creen que sentarse bajo el mismo techo, trabajar con el mismo software, asistir a las mismas reuniones o compartir un Slack garantiza cohesión. Pero la convivencia solo produce contacto. La comunidad produce sentido.
Un equipo no se convierte en cultura porque sus miembros estén cerca. Se convierte en cultura cuando comprenden lo que significa estar cerca.
Y esa comprensión no nace de normas explícitas ni de slogans corporativos. Nace de un espacio simbólico compartido donde uno aprende mirando, no compitiendo; donde la identidad se transmite por contagio, no por obligación.
Por eso las empresas maduras saben distinguir:
Lo que sirve para funcionar (departamentos, metodologías, procesos, herramientas)
Lo que sirve para pertenecer (rituales, lenguaje, narrativas, gestos invisibles).
Lo primero se diseña como dotación. Lo segundo se cultiva como plaza.
Si confundimos ambos planos, surge la patología más peligrosa de los proyectos humanos:
equipos que trabajan juntos sin reconocerse, departamentos que comparten objetivos sin compartir visión, organizaciones que conviven sin saberse comunidad.
Una plaza no es un lugar donde todo encaja; es un espacio donde aprendemos a encajar.
Y es ahí —en esa fricción civilizada, en esa educación no escrita— donde las identidades colectivas dejan de ser un artificio y se convierten en raíz.
Las escaleras fueron hogar para nuestra infancia. Nos cuidaron, nos reunieron, nos dieron un sitio donde estar. Pero nadie volvió a ellas cuando tuvo que decidir quién era. Para eso existe la plaza.
Y lo mismo ocurre en las empresas: no basta con tener un lugar donde sentarse.
Necesitas un lugar donde mirar, aprender y pertenecer.