DESCARTAR PARA DESTACAR
El Pang es un videojuego sencillo: burbujas descienden desde la parte superior de la pantalla y tu misión es impedir que te alcancen. Cada disparo divide una burbuja en dos versiones más pequeñas. Repites el gesto hasta que alcanzan su tamaño mínimo y finalmente desaparecen.
En esa dinámica hay una intuición certera sobre la identidad —y también sobre cómo se construye la cultura de una organización.
FASE I — CONSTRUCCIÓN
Cuando nacemos somos una única burbuja intacta. Nuestra genética existe como potencial todavía no ejercido. Dependemos de quienes nos cuidan: nos alimentan, nos sostienen, nos protegen, toman decisiones por nosotros. Ese entorno modela nuestra primera idea de quiénes somos.
Cada experiencia, cada gesto, cada afecto y cada ausencia genera pequeñas burbujas que orbitan alrededor de la original: valores heredados, creencias prestadas, deseos ajenos, miedos, expectativas, habilidades que se forman por azar o por repetición.
No elegimos casi nada en esta fase. Recibimos. Nos construyen.
Las empresas nacen exactamente igual: son un conjunto de intuiciones fundacionales —la visión del equipo inicial, el carácter de los socios, los primeros clientes, las primeras decisiones tácticas.
Durante los primeros años, el negocio no se gobierna: se sobrevive. Y esas decisiones provisionales —las de “salir adelante”— se convierten silenciosamente en identidad. La organización no sabe todavía quién es: solo entiende que tiene que seguir existiendo.
FASE II — DECONSTRUCCIÓN
Llega un momento en el que sentimos que la burbuja original ya no nos pertenece. Aparece el impulso freudiano de “matar al padre”: no como agresión, sino como emancipación simbólica. Queremos elegir. Queremos decidir. Queremos apropiarnos de nuestra vida.
No lo llamamos deconstrucción. Lo llamamos crisis: la entrada a la edad adulta, el miedo de los veintitantos, la crisis de los cuarenta. Da igual el nombre: es el instante en el que una pregunta aparece y ya no se marcha: ¿quién soy?
Descubres que tu vida no puede seguir pilotada por inercia. Empiezas a sospechar que la identidad no es una herencia, sino un acto.
Las organizaciones también atraviesan ese punto de quiebre. Crecer deja de ser un objetivo y se convierte en una amenaza: cada departamento habla un idioma distinto, la cultura se fragmenta, el fundador pierde control, el mercado deja de entender. La identidad ya no es suficiente para sostener el tamaño.
Llega la hora de decidir conscientemente quiénes son, qué van a defender y qué deben abandonar para seguir existiendo.
FASE III — RECONSTRUCCIÓN
La fase más honesta. La más silenciosa. La más cruel. Aquí auditamos nuestras burbujas. No con sentimentalismo, sino con responsabilidad:
¿Creo realmente en esto?
¿Es un valor propio o una costumbre ajena?
¿Esta ambición es mía o me la implantaron?
¿Quiero vivir así o simplemente no he considerado otra forma?
Es el montaje que describe Wim Wenders:
Prepárate para eliminar tu toma favorita durante el montaje.
No porque no sea hermosa, sino porque no pertenece a la película que quieres hacer.
Reconstruirse es eso: tomar cada burbuja en la mano y decidir cuál se queda y cuál debe desaparecer. Las que permanecen forman un nuevo núcleo: más sólido que el original, menos frágil ante el contacto con otros, pero lo bastante flexible como para seguir cuestionándose.
Una burbuja que no es máscara ni escudo. Un hogar interior. Una identidad sustentada en decisiones conscientes, lista para abrirse a quien desee sentarse a merendar con ella.
Las organizaciones que alcanzan esta fase dejan de buscar “posicionamiento” y comienzan a practicar coherencia. Ya no imitan tendencias, ni compiten por volumen, ni redactan manifiestos que nadie cumple. Seleccionan lo esencial y lo sostienen: lo que no pertenece al negocio desaparece. Lo que permanece se convierte en cultura, en criterio y en dirección.
Y es entonces cuando la empresa deja de reaccionar al mercado y empieza a narrarlo.